Lo que la FIFA jamás va a entender

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Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos

La FIFA tiene años tratando de ocultar en toneladas de billetes algo que, hasta la fecha, es una realidad y eso es que la pasión no se negocia; basta asomarse a cómo ha mutado el futbol internacional. Hoy, parece que el deporte tomó un desvío hacia la exclusividad. Entradas a precios absurdos, estadios atiborrados de zonas VIP que asfixian las gradas populares y controles de acceso que envidiaría cualquier aduana internacional. Todo está milimétricamente calculado para vendernos el juego como una experiencia de lujo y perfectamente empaquetado, es decir, nos quieren arrebatar la tribuna para dársela a los patrocinadores.

Aun así, la pelota rueda y les arruina el guion. Cada Mundial asoma esa verdad que tanto incomoda a quienes ven esto únicamente como una máquina de hacer billetes: el futbol es social, político y cultural.

Vean lo que pasa en México cuando la Selección nos da un respiro, sin que nadie gire una orden para que miles de personas abarroten el Ángel de la Independencia o la plaza pública en donde se encuentren; millones de mexicanas y mexicanos acuden. La gente sale a la calle por un instinto y la urgencia de compartir algo que en soledad simplemente no sabe igual.

Tiene su ironía: vivimos en una época diseñada para el aislamiento, atados a las pantallas, adictos a reaccionar en miniatura y a opinar desde el encierro. Pero el futbol te arranca de esa inercia, te empuja a la banqueta, a la plaza pública, a abrazarte con un perfecto desconocido que, por noventa minutos, es tu hermano de sangre.

Ahí es donde nacen fenómenos gloriosamente absurdos como el del Pato Merlín. Ningún experto lo habría aprobado, apareció de la nada, sin patrocinios ni permiso, colándose en la conversación de una Copa del Mundo simplemente porque sí. Conectó con la gente porque el futbol también es humor, es ironía y se alimenta de esos códigos callejeros que las grandes organizaciones jamás van a entender.

Resulta poético que esta rebelión espontánea ocurra justo ahora, cuando la brecha entre la cúpula y la grada parece irreconciliable. Estados Unidos, la joya de la corona del business, nos ha dejado un torneo donde abundan las críticas. Entre la logística atropellada y los precios de extorsión, la sensación general es clara: el negocio va primero; el aficionado, si sobra espacio, después.

Pero la contradicción es hermosa: entre más intentan domesticar el juego, más evidente se vuelve que hay cosas que no caben en una hoja de Excel. No puedes patentar el desahogo de un país entero, las emociones colectivas no responden a sus manuales corporativos.

Por eso este deporte sobrevive a sus propios dirigentes, porque detrás de los contratos multimillonarios y las exclusivas de televisión, late la terca necesidad humana de pertenecer, de creer en una historia común. La FIFA podrá ser dueña de las transmisiones, de los estadios y de los logos, pero la calle, el grito y la pasión siguen siendo nuestros.

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